En los 50, 60 y 70 la presión demográfica y urbanística sobre las ciudades supuso la casi completa aniquilación del patrimonio cultural. Monumentos, Conventos, Monasterios, Palacios, Edificios Públicos, Entornos, Cascos Viejos,… sufrieron el embate de los políticos y los constructores.
En este inicio de siglo la presión se ha trasladado al campo, a la montaña y a la playa, nuevos lugares de recreo y residencia. Es por ello que ahora el patrimonio ambiental resulta ser el gran amenazado.
A nadie se le ocurriría en la actualidad tirar lo que se tiró en las ciudades, todos nos lamentamos y los políticos nuestros se desmarcan de sus abuelos y padres.
Pese a ello, desconocemos lo sucedido y aspiramos a tropezar en la misma piedra, el patrimonio ambiental es el que sufre y las denuncias de los proteccionistas son ninguneadas por el analfabetismo de los politicos.
Dentro de 30 años, a los responsables (que no a los especuladores y constructores en sus sueños de riqueza) les dará vergüenza de sus antepasados y lo que están haciendo en la actualidad.
Sin embargo, de no conseguir poner coto a “nuestro urbanismo sin ley” de nada servirán los lamentos. Mucho se habrá destruido y todo será imposible de recuperación.
LLevo unos días dándole vueltas a unas frases del tristemente famoso Hermann Goering, Jefe de la Fuerza Aérea de la Alemania Nazi, pronunciadas ante el Tribunal de Nuremberg: “La gente, por supuesto, no quiere ir a la guerra (…). Todo lo que tienes que hacer es decirles que están siendo atacados y denunciar a los pacifistas por su falta de patriotismo y por poner en peligro al país. Funciona de igual forma en cualquier país.”
Me resulta sorprendente la capacidad de adaptación de las mismas a diversas situaciones y temáticas. Tal vez la explicación se halle en que nos encontramos ante uno de los principios (o herramientas) básicos de la mercadotecnia política (artes de convicción). Lástima que no pueda conocer la opinión al respecto de los viejos Sofistas.
No sólo pienso en las últimas guerras, sino incluso en simples disputas políticas o sociales. Me es indiferente el estrato internacional, nacional, local, grupal o, incluso, individual en el que se decida plantear la cuestión. Cuando se pretende un lucro (social, político o económico) los responsables no dudan en acusar a los opositores (comúnmente pacifistas, proteccionistas ambientales o culturales,….) de su falta de andalucismo, castellanismo, vasquismo, murcianismo,…. identidad grupal,…… y de impedir el futuro de esa entidad que se “afirma” defender, además de camuflar sus intereses (y actuación) bajo un supuesto ataque (o desprecio) de los demás (esos seres ajenos a la entidad).
Demasiadas veces he visto llenarse la boca a nuestros políticos con estas palabras para defender los ocultos intereses propios y de sus amigos, sin controlar en modo alguno su linchamiento a los opositores. Las más de las veces, por no decir todas, -y la historia lo corrobora- quien realmente ha salido perdiendo ha sido esa entidad (pueblo, región, estado, nacionalidad, grupo,……). Lamentablemente, los “lucrados” escaparon ocultamente victoriosos.
Como me niego a la resignación sigo confiando en el arma que me promete la solución a todos los males de nuestro mundo: el arma de la cultura.
Para nosotros, los habitantes occidentales a los que esta bola llamada Tierra nos pertenece, los días 6 y 9 de agosto son fechas perdidas en el calendario donde expresar nuestra orgía veraniega de sol, playa, montaña, viajes,…
Sin embargo, a nuestra cultura de masas escapa que hace ya 59 años el hombre asistió al acto más horrendo y cruel jamás realizado. Dos bombas (de esas atómicas) hicieron desaparecer en cuestión de segundos las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki. El dolor de los miles y miles de afectados (casi cerca de un millón) se elevó hacia el cielo para exparcir nuestra vergüenza por el universo.
A nosotros, seres indiferentes por cultura que no por natura, nos gusta ahora consolarnos y ocultar nuestra bajeza. Lindezas del tipo de “Gracias a eso se acabó la guerra y se salvó la vida de millares de bravos soldados americanos -la de los japos no importaba”; “Asistimos a los graves efectos de estas armas y su recuerdo ha supuesto un freno para posteriores situaciones de grave tensión política y militar”;……
Todo ello y mucho otro, no hace sino ocultar nuesta incapacidad para entendernos; nuestras dificultades para elevar al rango supremo los valores de la palabra y la justicia; los intereses político-sociales-económicos que día a día coartan el desarrollo de nuestras sociedades;….. pero ante todo, la verdadera mediocridad de todos nuestros responsables políticos.
Me niego a sentirme representado en esa imagen de libertad (concedida que no lograda), a lomos de las 2 bombas nucleares, que nos venden en los media. Ni estoy, ni quiero estar junto a los que tiraron las bombas. Ni estoy, ni quiero estar con los que defendían Japón esos días. Yo estoy, y quiero estar, con los otros que guardaron silencio y sintieron vergüenza, pero que ante todo ni ganaron ni perdieron esa guerra.
Existe una relación mágica entre las Torres y el ser humano, una relación de poder y ostentación, donde el hombre resulta siempre algo diminuto y muy inferior ante lo que paradógicamente ha creado con sus manos e intelecto.
La Torre más famosa de la historia es aquella de Babel con la que los antiguos desafiaron al poder divino -y religioso- siendo castigados con la división de sus lenguas -sorprendentemente, con el tesoro de la diversidad cultural. Muchas otras torres se levantaron en la historia hasta que en el medievo existió una ciudad conocida como la de “las 200 torres” -de las que en la actualidad sólo nos quedan la Torre degli Asinelli y la Torre Garisenda-, construidas por las familias más ostentosas de la ciudad para rivalizar con su poder. Fueron entonces las Torres de la influencia social.
En la actualidad son las multinacionales las que rivalizan desde cualquier rincón del mundo (mercantilmente) globalizado por mostrar su poder económico con la elevación de las más imponentes Torres -Rascacielos, petulantemente llamados.
Son las pasiones humanas del egoísmo, la envidia, la ambición,la avaricia,… las que verdaderamente han construido estas Torres a lo largo de la historia. Por contra, las justificaciones han variado entre lo religioso, militar, cultural, social, económico, político,…. y, últimamente, hasta ecológico.
Y, sin embargo, quien siempre ha salido perdiendo con su construcción ha sido el hombre que ha de cohabitar con estos monstruos de ladrillo, piedra, hormigón y acero y con su sentimiento de inferioridad y frustración.
El paso que va entre ser considerado como “consumidor” al reconocimiento de la cualidad de “usuario” de los ojetos artísticos supone un gran avance en el desarrollo histórico de la cultura.
Tiene su base en el uso LIBRE (que no siempre gratuito) de las producciones artísticas. Es lo que algunos llaman la Revolución de las Licencias de la Fundación Creative Commons a través de las cuales los creadores han apostado por una protección diferente de sus obras de la impuesta por los “poderosos” de los medios de distribución.
Parece ser que al artista únicamente le importa ahora el reconocimiento de su autoría, la integridad de su obra, la imposición del uso libre de la misma y la limitación del uso comercial que pueda hacerse sobre ella. A cambio ha obtenido dos cosas, ya casi olvidadas, su libertad y unas posibilidades de acceso a los usuarios antes impensables.
La revolución acaba de comenzar y, como las guerras, nadie conoce su futuro. Tal vez estemos hablando del despertar de las conciencias en pos de la creación de un ecosistema cultural ajeno al control de los poderosos mercaderes.
El “copyright” (el derecho intelectual) nos ha convertido de la noche a la mañana en potenciales delicuentes a todos los ciudadanos de primera (de esos que disfrutamos en pleno goce del derecho fundamental al acceso a las tecnologías de la información).
Libros y relatos en .html, en .txt o en .pdf que circulan de un punto a otro de la red; esas canciones que antes grababamos en las míticas cintas de cassette (y nadie protestaba) son ripeadas y pasadas una y otra vez; colecciones de fotos en nuestros discos duros;……
La rapidez y la facilidad del intercambio han desafiado a los defensores (y vividores) de los derechos intelectuales.
Difícil una solución que amenaza con criminalizar a amplios estratos de la sociedad que no responde a los estímulos de los proteccionistas. Nosotros, los delincuentes, concebimos el producto cultural de una manera diferente. Ahora todos somos creadores y “consumidores” de unos mismos productos sobre los cuales fundamentar nuestro desarrollo espiritual, ninguna creación queda ya bajo el control de las élites.
Tal vez nos acercamos al sueño de los artistas de la vanguardia de principios del XX. Una realidad hecha arte, un arte hecho realidad, donde las masas eran creadores artísticos de su propia realidad.
Durante siglos los artistas vieron cómo sus creaciones apenas les daban para un par de bocadillos de vez en cuando. Los más afortunados lograban sobrevivir -a veces bienvivir- gracias al apoyo de sus poderosos mecenas. Sus productos culturales ni siquieran alcanzaban su valor económico de uso.
La opición vital de ser artista era, sin duda, aventurada y las más de las veces muy conflictiva para con la familia. Una vida mísera esperaba al “artista”. Diferentes eran las razones que llevaban al artista a éste camino a pesar de conocer su fatal destino.
Los menos veían en ocasiones cómo sus obras eran utilizadas por mercaderes para lucrarse con ellas. Eran los años del siglo XIX y comenzaba a despertar el consumismo. Sin un duro los artistas poco podían hacer.
Sin embargo, pese a sus carencias, como colectivo gozaban de una cierta influencia sobre las clase dirigentes. Nacieron así las leyes de protección intelectual que pusieron coto al expolio de los mercaderes y garantizaron a lo largo del siglo XX un sustento regular para los creadores.
Algo inesperado ha acaecido en este cambio de siglo. Tal vez, estas normas de protección sean ahora un freno para el desarrollo espiritual de la sociedad. El uso particular de la obra desafía a los creadores, a sus asociaciones de protección -mejor dicho “explotación”- de las creaciones y a los, ahora aliados, mercaderes de los bienes culturales.
El único argumento que en Europa nos ofrecen en la actualidad nuestras ciudades es, sin duda, el de la “compartimentación”, algo tan propio de la cultura americana.
Nuestro espíritu comienza a reflejar como un espejo este proceso. En esos lugares, nos resulta imposible hacer cosas diversas a las que alguien ha decidido por nosotros.
La ciudad ha empezado a ser definida por sus diferentes partes y por las cosas que realmente se puede hacer en ella. Una definición en términos “utilitarios” ajena al concepto histórico que nuestros antepasados nos legaron.
Atrás va quedando una ciudad donde todas sus respuestas al hombre que la habita se encontraban integradas a lo largo de sus calles.
Una gran explanada donde aparcar los coches esconde al edificio donde habitan los que han pagado la explanada. En ese edificio han decidido meter todo aquello que estiman que yo puedo necesitar para vivir. Alimentos, ropa, cajeros, electrodomésticos,etc.
Es el templo del consumo y allí lo puedo encontrar todo. Fuera de él no existe nada para comprar. Es más, lo que no está allí no merece la pena consumirlo.
Allí residen los objetos que más tarde nos rodearán, es el lugar de las marcas que realmene nos otorgarán el don de la felicidad. Sus escaparates son nuestros ojos y nosotros no aspiramos más que a ser “sueños de escaparates”.
A una urbanización en las afueras lo llaman “calidad de vida”. Rodeado de vallas, perros y cámaras de seguridad, tal vez, algún vigilante. Un simulacro de naturaleza con árboles y plantas en el jardín, de eso que había en abundancia antes de que se construyera (destruyera) la urbanización (la naturaleza).
En la puerta el coche se encuentra siempre dispuesto, sin él, ahora no soy nada -quedaría incomunicado-, para eso han hecho las autovias que me llevan al centro.
La despoblación de las ciudades europeas se repite nuevamente en la historia. Primero fue la llegada de los bárbaros, luego las pestes medievales y las guerras no muy lejanas.
Necesitamos espacio, un espacio que al parecer -según nos vende la publicidad- no encontramos en nuestros edificios. En ellos, nuestras familias y las de nuestros vecinos somos un peligro para los poderosos. Estamos demasiado cerca de los núcleos donde podría desvanecerse nuestro letargo (tertulias en las plazas, bibliotecas, conferencias, librerías,……).